
- Juan Carlos, ¿En qué consiste el oficio del urbanista?
En bastantes ocasiones he explicado que tiene mucho que ver con el hecho de buscar puntos de encuentro entre los diferentes agentes sociales y políticos para proponer los mejores proyectos colectivos que se necesitan en cada barrio, cada ciudad o cada territorio.
- ¿Por qué se habla tanto de formar equipos multidisciplinares?
Tiene que ver con el hecho de que cualquier es sumamente compleja ya que afecta a cuestiones realmente diversas: legales, económicas, sociales, técnicas, culturales, ambientales, de seguridad, de salud, administrativas… y también, lógicamente políticas.
- Entonces, ¿Cuál debe ser la formación académica de un urbanista?
La de un generalista, es decir, aquel que pueda coordinar y comprender al resto de las disciplinas. A mí me parece que los arquitectos, si posteriormente se forman adecuadamente, tiene un perfil óptimo para ello.
- Suele decirse que los urbanistas difícilmente ven ejecutados sus trabajos…
Ten en cuenta que los proyectos urbanos suelen requerir de largos procesos administrativos para su aprobación y cuya ejecución posterior también suele requerir que numerosos actores públicos y privados se coordinen… ¡Por eso los urbanistas tenemos que tener grandes dosis de soñadores!
- ¿Quieres decir que se trata de trabajos impulsados por unos (políticos o empresarios) para que posteriormente los gestionen e incluso los inauguren aquellos que vendrán después? Difícil ¿No?
Se requiere, qué duda cabe, una clara convicción de que uno no se debe a ninguno de los actores, ni siquiera a aquellos que gobiernan, a los que deciden o a los que te contratan… sino a los ciudadanos. Esa es en realidad la función social que los profesionales debemos asumir para ser verdaderamente útiles. Útiles a los que años después habitarán en un barrio con buenos servicios, en el que se pueda caminar, cuyo transporte público sea eficiente, con espacios idóneos para trabajar, que mime su cultura y su patrimonio, con viviendas dignas y asequibles… y cuyos ciudadanos ejerzan de ciudadanos responsables…
- Ya, Juan Carlos, pero… ¿Cómo hacerlo y no morir en el intento?
Pues mira, estando muy preparado en cada una de las materias que suelen confluir en cada decisión para que todos aquellos que van a intervenir en ese expediente (funcionarios, ingenieros, ambientalistas, abogados, inversores, propietarios, colectivos sociales… además, lógicamente de los políticos) acepten que tus propuestas son coherentes y que se encuentren cómodos con la solución elegida. Imaginarás que además la maraña administrativa que supone la aprobación de los trabajos urbanísticos exige que también deban ser evaluados por numerosas administraciones. y apuesten por la solución que representan a además de los funcionarios debe cada una de las administraciones por las que va a pasar el expediente.
- Pero eso no garantiza que esa solución sea óptima y que finalmente mejore la calidad de vida de los ciudadanos?
Tienes toda la razón, porque las ciudades que hemos construido en los últimos cincuenta años, por ejemplo, son en muchos aspectos realmente decepcionantes y si no que se lo pregunten a los que soportan ruidos y contaminación, a los que no pueden acceder a una vivienda digna, a los que emplean demasiado tiempo para llegar a su lugar de trabajo, a los que sufren el descontrol de un turismo avasallador, o a los que habitan en lugares inseguros como consecuencia de los riesgos naturales… ¿Cuántos pueblos han perdido absurdamente sus señas de identidad?
Mira, cuando un proyecto no es viable, no es oportuno, no es legal, no es justo o simplemente no es el adecuado, está claro que no vale ponerse de perfil. Pero mira, para que un urbanista pueda influir positivamente en la toma de decisiones debe tener una evidente capacidad de convicción y también, por qué no decirlo, de persuasión.

- Lo pintas muy fácil pero no lo es…
¡Ja, ja, ja! Lo cuento fácil pero no digo que lo sea, al contrario, es ciertamente difícil. Aunque ya te lo he explicado, te lo diré de manera resumida: Para ser un buen urbanista:
1, es imprescindible contar con conocimientos suficientes de las numerosas materias que concurren en cada toma de decisiones (técnicas, económicas, políticas, sociales, ambientales, culturales, legales…);
2, debe tener una gran capacidad de convicción y desarrollar una gran capacidad pedagógica; y
3, ha de ser enormemente proactivo para que a los “noes” les sigan otras propuestas alternativas que sean viables y sensatas.
- Pero Juan Carlos, intuyo que te estás guardando algo más…
Pues si, te voy a ser franco, hay un cuarto ingrediente que te confieso que no es nada común: todos esos atributos de los que te hablaba deben ir acompañados de una gran determinación para convencer a unos y otros que esa alternativa que tú propones es la más idónea para el conjunto de la sociedad. Por eso yo me siento muy identificado con una colega mexicana cuando al prologar me uno de mis libros me soltó:
“Juan Carlos, tú eres una persona influyente en las mentes de las personas influyentes”
Fue enormemente gentil conmigo pero creo que esa frase refleja perfectamente el afán que debemos asumir los profesionales en general y los urbanistas en particular para poder ser verdaderamente útiles.
- Pues anda que va a ser fácil llegar a acuerdos colectivos en el contexto actual, con la clase política tan radicalizada y con la sociedad tan exasperada también en muchísimos aspectos
Ya… Pareciera que los verbos sumar o construir ya estuvieran pasados de moda… porque ahora de lo que va la cosa es que aplaudamos de manera descerebrada como si fuéramos gansos mansos y seguidistas de aquellos que tienen la lengua más afilada, son más oportunistas y que más vociferan. Como si ya no importase construir relatos destructivos o denigrantes sobre los contrarios porque estamos en una “guerra total”. Así que si, en efecto, el panorama actual es el menos propicio para construir consensos y diseñar proyectos colectivos.
Resuenan tanto las críticas, las denuncias, los abusos, los insultos o los argumentos zafios para ridiculizar o destruir al contrario (en redes sociales, en tertulias, en medios de comunicación, en los plenos o en el parlamento) que pareciera que ese sea el sino de nuestra aciaga era, sin que midamos, o incluso sin que nos importe demasiado, que por el camino nuestra convivencia y nuestra democracia, junto con todas las instituciones que la sostienen, se van deteriorando a marchas forzadas…
Aunque no sea sencillo apreciar una buena melodía o un delicado adagio entre tantos vociferios, estruendos y ruidos ensordecedores, sin embargo me gustaría trasmitir que en la mayor parte de las ciudades y pueblos en los que nuestro equipo está trabajando sus alcaldes y concejales no son así. Que son muchísimos más los que escuchan, los que suman, los que se esfuerzan en atisbar el bien común desde planteamientos de gobernanza.
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- Ahora, si te parece bien te pediría para finalizar una reflexión final
Pues que yo no pienso desfallecer. Ni muchísimo menos. Al igual que yo, somos miles, centenares de miles, millones en realidad, los que aún a riesgo de parecer ilusos y soñadores, estamos convencidos de que, más pronto que tarde, volverá a estar de moda eso de “gobernar con todos y para todos”, “ir todos a una”, “que las personas sean lo primero”, “respetar al diferente o al otro”, “propiciar proyectos colectivos”, “construir acuerdos”, “soñar el futuro y trabajar por el”… Y que los que tienen una cierta visibilidad pública sean conscientes de la enorme responsabilidad que tienen para difundir los mejores hábitos sociales y colectivos que corresponden a una sociedad verdaderamente democrática y justa: el respeto, la educación, la sensatez, el valor de lo colectivo y de lo común, los derechos sociales, los valores de las personas, el respeto, la misericordia o la empatía.
Pero, bueno, ahora lo que toca es “animar a la roja”, ese extraordinario grupo de chavales que a todos nos representan, a ver si con su ejemplo empezamos a insuflar unión, serenidad y cordura en la vida colectiva.