“ En los márgenes del río Lanjarón y al borde de alguna acequia había por los años cincuenta quizás una docena de molinos harineros. En mis nostalgias de la infancia los recuerdo perfectamente. No he olvidado el ruido casi musical que hacían a compás el agua que los alimentaba al golpearse con los álabes, las muelas al girar una contra otra machacando el grano o el sonido metálico de la pieza avisadora para reponer el grano (creo que se llamaba la suela). Y todo el bullir humano alrededor. Pero todo es ya solo recuerdo. Ninguno se salvó del abandono y hoy da pena acercarse entre matojos y escombros. No hubo nadie que pensara que algún día podrían ser objeto de visita y de enseñanza. ¡Qué pena, qué lástima! ”