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Albarracín me enamoró desde la primera vez que supe del pueblo a través de fotografías y cuando tuve ocasión de visitarlo y recorrerlo quedé definitivamente prendado de él. Sin embargo, y de esta última visita ya hace casi diez años, dejé la ciudad inquieto y seguí mi recorrido por los pueblos de la Sierra del Tremedal, camino de las comarcas del Alto Tajo, tierras todas de inigualable belleza. Mi inquietud se debía que ya adivinaba un futuro de excesiva contaminación de su casco histórico por el alto índice de visitantes y la alta especialización de la ciudad en negocios dependientes del turismo, lo que iba en detrimento del uso residencial cotidiano y de otros usos asociados a las actividades propias de su entorno geográfico. Pasear por la ciudad, de noche y de día, daba la sensación de transitar por un escenario magistralmente decorado por exquisitos artistas y restauradores, en el que todos los visitantes deambulábamos como figurantes sin rumbo establecido, boquiabiertos ante tal profusión de construcciones de interés histórico-artístico en solución de continuidad. Pero eché en falta algo esencial, los habitantes del pueblo y su manifestación esencial en forma de pequeños negocios cotidianos, como la peluquería, la panadería o el pequeño supermercado (la tienda de toda la vida), que son los que confieren a toda ciudad su sentido, el de funcionar como albergue de comunidades humanas que se relacionan, organizan y apoyan mutuamente para salir adelante. Espero que el paso del tiempo no haya agravado esta situación, y la balanza entre la necesidad de alimentar el motor fundamental de su conservación patrimonial, el turismo, y la conservación de la misma esencia que da origen a las ciudades, la convivencia y buena vecindad entre sus ciudadanos, se mantenga equilibrada.