
Está amaneciendo en Barcelona. Me esperan un par de jornadas apasionantes y yo sin embargo pienso en todas las cosas que debo o que añoro hacer, tan pronto como vuelva al Sur.
Nunca lo había pensado aunque que siempre lo supe. Como tampoco sabía que eso tenía un nombre. Sin embargo, hace unos días, una lectora muy especial me lo soltó.
Yo había reflexionado sobre la necesidad de pararte, respirar, y volver a visualizar tus referencias vitales para volver a seguir caminando. Elegí una de mis más bellas montañas y os escribí el fruto de mi reflexión/depuración: “Quien soy, de donde vengo y a quienes sirvo”.
Lo justo para que esta amiga sagaz y sensible lo soltara : “Juan Carlos, tú eres un montañero de deseos preciosamente filopátricos...” (Wikipedia dixit: En zoología, se llama a la tendencia que presentan muchas especies animales a permanecer en el mismo territorio en que nacieron, o a volver al mismo para reproducirse o nidificar)
Y desde entonces no puedo evitar pensar que mi corazón no está lejano al de esas aves migratorias, que suelen volver a anidar al mismo lugar todos los años. O al de los salmones que, tras nacer en un río determinado y pasar varios años en el mar, regresan al mismo lugar en que nacieron para desovar. O a las tortugas marinas, que vuelven todos los años a las mismas playas para depositar sus huevos.
Y me encanta que mi sino tenga nombre. Y que mis anhelos sean tan apegados a la tierra como los de las concienzudas aves, los perseverantes salmones, o las sorprendentes tortugas...
Así que ahora, ya que le puse nombre a mi condición, os reconozco que me encanta eso de estar hermanado con la naturaleza y con mi tierra.
Y en eso estaba pensando en los primeros compases de este hermoso día, que ya amanece por Barcelona...
Y eso refuerza mi determinación de que, al menos por unos años, Quiero estar, trabajar, vivir, compartir, sobre todo y más que nada, en casa, en mi tierra y con los míos.


