Reportar comentario

Querido amigo Juan Carlos:
Cada vez que te veo hablar de la familia, siento cierta nostalgia, pues fueron muchas las noches que tuve la suerte de disfrutar de tu casa, de tus papis y de vosotros.
Obviamente, por mor de la edad, con los más pequeños apenas tuve trato, pero luego la vida nos ha ido acercando de las más variopintas maneras, excepto en un caso que tengo clavadito en el corazón y que ya te comentaré.
Y en concreto Rafalito, es de los que empecé a tener relación muchos años después, pues justo tu hermano Julián y un servidor habíamos acabado Magisterio el año antes de su nacimiento, y por ende mis visitas a casa de tus papis perdieron su razón de ser.
Tal y como decía Neruda, “confieso que he vivido”, yo tengo que confesar que en tu casa me sentía como uno más, y que más que esperar el momento más tranquilo de la madrugada para estudiar, el rato que con más embelesamiento buscaba, era el previo a la cena, porque las anécdotas de todo tipo que tu papi nos contaba me tenían siempre con el espíritu avizor. La pena era que en cuanto acabábamos de cenar y yo pretendía posponer un poco más nuestra retirada con el objeto de seguir con las cosillas de tu papi, él invariablemente sacaba sus tijerillas y empezaba a recortar esto y aquello del montón de periódicos y revistas que tu mami ya le había acercado. Eso sí, al poco empezaba a dar cabezadas y Julián y yo sabíamos que era el momento de retirarnos.
Y tu mami, siempre con esa sonrisa angelical, la misma que te he comentado en muchas ocasiones que tú me recuerdas cuando sonríes; jamás pierdas esa sonrisa, que estoy seguro te habrá ayudado en muchas ocasiones, y que muy seguramente te seguirá ayudando en el futuro.
Un abrazo como yo de grande.