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Alicún y su “legado del agua” Destacado

En demasiadas ocasiones se nos olvida tanto a los técnicos como a los servidores públicos que la búsqueda de la prosperidad en las ciudades y territorios debe realizarse de manera coherente con la esencia de cada lugar. Así que, ya sea por miopía, por frivolidad o por avaricia, en numerosos sitios se ha renunciando de manera absurda a cuidar con esmero su memoria colectiva, es decir, todo lo singular que les aportaron la geografía, la historia, el patrimonio o los usos y costumbres a lo largo de los años. Precisamente esas características propias que dotan a ese municipio de una armonía y de un carácter especiales con las que sus gentes se sienten identificados, generándoles sentimientos de pertenencia. 

Se trata de una esencia particular que se suele manifestarse de mil maneras: 

  • a través del paisaje que se percibe, 
  • por la escala contenida de la ciudad y sus edificios, 
  • mediante la autenticidad de su arquitectura vernácula, 
  • por la singularidad de algunos de sus edificios o por su monumentalidad, 
  • por el bullicio de la escena urbana en los días de mercado, 
  • por esas tradiciones seculares que congregan a todo el mundo, 
  • por los comercio de barrio, 
  • quizás por la cadencia de la vida cotidiana…   

Sin embargo, como te decía, en aras de propiciar una modernidad mal entendida y desde luego por no haber sabido valorar suficientemente la importancia de lo propio, son demasiados los sitios en los que han tirado por la borda gran parte de su singularidad y de su esencia en apenas unas décadas, sin que por ello ahora sean mejores o más prósperos. 

Perdona mi insistencia en contarte una y otra vez algo que nos compete a todos: que el mejor mecanismo para garantizar la sostenibilidad ambiental, social y económica en las ciudades y territorios es planificar las actuaciones que puedan llevarse a cabo en el futuro, incorporando procesos participativos francos y trasparentes enfocados hacia la mejora general de la calidad de vida. 

Pero también, como te decía al principio, aquellos que tenemos la responsabilidad de asesorar a los municipios tenemos que hacer una franca autocrítica porque generalmente se nos olvida que a la hora de planificar se debe empezar aprehendiendo la verdadera esencia de cada sitio. Es decir, captando el “ángel de cada sitio”, para que pueda garantizarse que esa cualidad no se vea afectada negativamente por ninguno de los proyectos que puedan preverse. 

Pues bien, para poder explicarme mejor, permíteme que te comparta la ejemplar experiencia que, junto con mi equipo de Desarrollo de Ciudades Comprometidas, estoy viviendo en el modesto municipio almeriense de Alicún (Andalucía, España) con motivo de la elaboración de su Plan Básico de Ordenación Municipal (PBOM).

Alicún es, en realidad, uno de los municipios más pequeños de toda la región ya que a duras penas alcanza la cifra de 200 habitantes, y eso teniendo en cuenta que se encuentra a apenas 27 km de la ciudad de Almería y su metrópoli. Pertenece a la denominada  Alpujarra Almeriense, y está situado en las faldas de la Sierra de Gádor, mirando hacia el norte. 

Al igual que el resto de los pueblitos de su comarca, también Alicún está ubicado en un rellano de las laderas contiguas al río Andarax, su verdadero motor de supervivencia, pero ubicandose a una cota elevada respecto al mismo para evitar el riesgo de inundaciones y avenidas. Eso explica que históricamente haya  basado su economía en la agricultura de regadío de carácter tradicional, fundamentalmente en el cultivo de cítricos y parrales en los bancales y patatas que rodean al pueblo, muchos de los cuales están ahora  en proceso de abandono o de reconversión.

Otra de las particularidades de Alicún tiene que ver con el uso histórico de un manantial de aguas termales, del que este pueblo tomó su nombre y del que existen referencias históricas desde el siglo XII: el agua brota  en la Balsa del Minarete y alimenta los baños árabes,  de ahí pasa al lavadero, continúa hasta alimentar un molino hidráulico de cereal y sigue su curso por la red de acequias que riegan los bancales. 

Este “Legado del Agua”, generador de vida y de economía está estrechamente vinculado con un paisaje rural y con unas tradiciones, pero es que además Alicún ha sabido atesorar a lo largo de los años una manera de construir muy apegada a su tierra y a las tradiciones almerienses. 

Ya ha sido concluida la primera versión del PBOM que está impulsando su ayuntamiento con el apoyo de la Diputación de Almería, la cua ya ha sido admitida a trámite (en tiempo récord) por la administración ambiental de la Junta de Andalucía y está previsto que durante las próximas semanas se abra un periodo de consultas a la población que incluirán al menos la celebración de un encuentro con los vecinos al que yo asistiré gustoso. 

El PBOM de Alicún incluye propuestas específicas para la protección del núcleo histórico y su arquitectura, del paisaje rural y de todos los elementos vinculados a su “legado del agua”. También, lógicamente, propone propiciar un cierto crecimiento a media ladera con características perfectamente compatibles con la tradición local y también desde luego con ese “ángel” que sin duda alguna rezuma.

Sirva este post con el que doy por inaugurada una nueva temporada profesional compartiéndote una nueva lección del mundo rural, para  felicitar a todas las buenas gentes que he conocido en Alicún, pero permíteme que lo haga de manera especial con su alcalde Antonio Navarro, y con el secretario de la corporación Juan Antonio Solvas, por el enorme compromiso que he apreciado en ellos.

 

 

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