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Viernes, 17 Septiembre 2010 11:11

MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO, SOY PEATÓN

Por eso digo que mi reino no es de este mundo. Y que conste que peor aún lo tienen los discapacitados físicos. Cuando vas con un familiar que tiene que ir en silla de ruedas, te las ves y te las deseas. Es casi imposible, te juegas la vida. ¡De esos sí que no es el reino! Tampoco de los niños, les robaron las calles, ni de los ancianos, con su “falta de movilidad” es una hazaña cruzar un semáforo sin que se les ponga rojo a mitad de camino…

Por un respeto al peatón.
Por un respeto al peatón.

Mi reino no es de este mundo. No, no tengo complejo de Jesucristo ni nada por el estilo. Simplemente; soy peatón, tengo piernas para desplazarme y no ruedas y motor. Sé que es una osadía, pero es así.

Os explico. Mi mirada pasea, como yo, por las aceras, por los espacios peatonales, por ese 15% de espacio que el coche nos deja en los espacios urbanos. Y esa mirada, aunque torpe y poco nítida, me cuenta realidades que demuestran que aquí, los de mi reino, no pintamos nada. Absolutamente nada.

En primer lugar, las nuevas urbanizaciones se caracterizan, generalmente, por tener aceras pequeñas. Este modelo impide la comunicación. humana Si vas por esas aceras tienes que hacerlo en fila india. No cabemos dos personas al mismo tiempo. Tendríais que ver la de maniobras que han de hacer los que van con un carrito de bebé por esas aceras. Por si era poco, las señales de tráfico, en vez de colocarlas por el espacio de los coches, las colocan en las aceras de los peatones. El stop es para ellos pero nos lo ponen a nosotros, la señal de prohibido es para ellos pero nos perjudica a nosotros. Los coches mandan. La ciudad se diseña para ellos, nosotros somos pura anécdota. Les llaman las ciudades aparcamiento.

No es todo, en los aparcamientos junto al acerado, los coches meten el morro hasta que las ruedas chocan con la acera, invadiendo así, cuando menos, la mitad de ésta. Imposible pasar o, cuando más, tienes que estar entrenado para dar el salto y hacer alguna que otra filigrana. En esos casos sí que hay que hacer maniobras si coincide que uno va para un lado y otro en sentido contrario. Recuerdo un día que mi padre y yo tuvimos que dar una vuelta en mitad de una acera porque no podíamos pasar. Mi padre, mirando a los coches, soltó con indignación: “Esos son más sagrados que nosotros”.

Hay más, son demasiadas vivencias como peatón como para olvidarlas. En muchas urbanizaciones nuevas -¡Menudo urbanismo más inhumano el de las últimas décadas!- han hecho las calles tan estrechas que no se puede aparcar sin impedir el paso de otros coches. Los coches, que son muy solidarios entre sí, aparcan encima de las aceras dejando la circulación libre. La de los coches, claro está, a nosotros nos echan de las aceras, y si vas por la calzada te pitan los coches. No tenemos escapatoria.

Donde yo vivo, en Las Gabias, se dan cosas muy curiosas, Hay dos pasos de cebra que van directamente a parar a los contenedores. Cruzas y ¡zas! con la basura. Es decir, el paso de cebra no comunica una acera con la otra. Es lógico, el resto del espacio es para aparcamientos. También, hay plazas, como la del Ayuntamiento que no son para uso y disfrute de los ciudadanos, simplemente son aparcamientos. Todo sacrificado al coche.

Lo curioso es que en todo este tinglado, la filosofía dominante y el lenguaje utilizado culpabiliza de muchos problemas al peatón. En un informe de una asociación de automovilistas concluían que, en los accidentes de tráfico mueren muchas personas ancianas porque éstas “no tienen la movilidad suficiente”. Al leerlo sacabas la conclusión de que la culpa la tienen los ancianos. Y pensabas que sería necesaria una ITV para éstos. Así, cuando las artrosis, artritis y otras enfermedades de la familia del reuma hagan su aparición, cuando la personas tengan movilidad defectuosa, se les retira de las calles.

En otro informe de hace un mes aproximadamente nos decían que 9 de cada 10 peatones que mueren es debido a que cruzan por donde no deben. ¡Ea! Castigados por hacerlo mal. Habría que aclarar esto un poquito. Veréis, uno sólo tiene sus pies y su tiempo. Cuando nos colocaron las rotondas, a los peatones nos alejaron de los lugares una barbaridad. Nos hicieron las distancias más largas. Si a esto añadimos que hay zonas donde entre un semáforo y otro hay mucha distancia, al peatón nos lo ponen difícil. Total, no digo que haya que cruzar por donde sea, que a veces yo lo hago, sino que el diseño de ciudad se hace exclusivamente para el coche, nunca para el peatón. ¡Y encima nos culpabilizan por no rendir pleitesía al dios coche!

El peatón lo es hasta en el campo. Cuando vas por ahí por esos caminos los coches te enharinan y te llenan de polvo hasta el carné de identidad. A pesar de ello lo prefiero. Cuando asfaltan los caminos, los coches vuelan. Suelo decir que; “Camino asfaltado, caminante expulsado”.

Pues esas tenemos, por eso digo que mi reino no es de este mundo. Y que conste que peor aún lo tienen los discapacitados físicos. Cuando vas con un familiar que tiene que ir en silla de ruedas, te las ves y te las deseas. Es casi imposible, te juegas la vida. ¡De esos sí que no es el reino! Tampoco de los niños, les robaron las calles, ni de los ancianos, con su “falta de movilidad” es una hazaña cruzar un semáforo sin que se les ponga rojo a mitad de camino. ¿Habéis observado los pocos ancianos que cruzan semáforos?

Pero tenemos que conseguir que en nuestro reino, bueno, cambio el término; en nuestra república, no soy monárquico, los peatones contemos en las ciudades, que no se hagan al margen nuestro, que no nos expulsen, que no nos invadan. A veces me entran ganas de ponerme en mitad de una calle y decir; “hoy me toca a mí este espacio”. Para empezar habría que cambiar la mentalidad. Esa mentalidad que nos ha forjado el coche, todo lo vemos desde su óptica. Mientras los que mandan no sean peatones, mientras la mayoría de los ciudadanos no ejerzan como peatones, la cosa es difícil. Buscaremos justificaciones, como aquel con autoridad al que le dije en pleno verano; “Mira el coche encima de la acera”. él, muy comprensivo, respondió; “Es que ahí le da la sombra del árbol y así no se recalienta”. ¡Pobrecillo el coche! Justificado, todo justificado.

Termino. Tenemos que forjar ciudades y espacios para disfrute. Eso sí que es sostenibilidad, construir para vivir, para encontrarse, para comunicarse, no para especular y aparcar. Eso sí que es sostenible, pero no, aquí la sostenibilidad se mide por los contenedores que hay por metro cuadrado. Tenemos que forjar esas ciudades, podríamos empezar por poner en los despachos de los técnicos, de los alcaldes, de los que diseñan el urbanismo, fotos de padres con el carrito de sus hijos, de discapacitados físicos en sillas de ruedas, de ancianos, de niños o, simplemente, de personas que quieren ir charlando por las aceras sin ir en fila india. Así los responsables del urbanismo verían todos los días las personas a las que hay que recordar cuando se diseña la ciudad, el territorio, pero el coche los ha expulsado de ella. La ciudad nos pertenece a todos, habrá que recuperarla. ¿Lo hacemos? ¿Empezamos ya?

Por Paco Cáceres, Presidente de la Plataforma Salvemos la Vega. Artículo reproducido publicado en 2008 en el blog del ‘Movimiento por la defensa de las Vegas de Granada y por otra cultura del Territorio’

Publicado en La Ciudad Comprometida
Viernes, 05 Febrero 2010 09:21

UNA RESPUESTA AL CAMBIO CLIMÁTICO

Laguna de El Padul.
Laguna de El Padul.

He recibido un correo de mi amigo Ignacio Henares Civantos (Conservador del Espacio Natural Protegido de Siera Nevada. Andalucía, España), y he pensado trasmitiroslo porque me ha parecido una magnífica oportunidad para difundir la importancia y el atractivo de los Humedales, que juegan además un importante papel a favor de la biodiversidad, sobre todo por la avifauna que albergan. Espero que sea de vuestro interés…

«El dos de febrero de 1971 se firmó el Convenio Internacional sobre los Humedales, a orillas del Mar Caspio, en la ciudad iraní de Ramsar, de la que recibe el nombre por la que se ha hecho famoso. Esta es la fecha escogida para la celebración del Día Mundial de los Humedales.

Los humedales son ecosistemas especialmente amenazados ya que hay múltiples factores que afectan a su pérdida o degradación (sobreexplotación, sedimentación, contaminación, reducción hábitat, eutrofización, introducción de especies exóticas invasoras…).

A estas causas “clásicas” podemos sumar que los humedales son especialmente vulnerables al cambio climático ya que éste producirá, está produciendo, variaciones en la cantidad y calidad del agua, alteración de los periodos de sequía e inundación, ampliación del área de distribución de especies invasoras… y otros muchos impactos que todavía no somos capaces de identificar y valorar y que se desarrollarán a velocidades que harán muy difícil la adaptación a las nuevas condiciones ambientales de las variadas comunidades biológicas que albergan.

La otra cara de la moneda es que la conservación, la correcta gestión de los humedales, nos puede ayudar a mitigar los efectos del cambio climático y a establecer estrategias de adaptación que disminuyan su impacto al hacerlos más resistentes.

Sierra Nevada, la gran montaña mediterránea, es famosa por sus numerosas lagunas de origen glaciar, pero cuenta también con un paraje, en su falda suroccidental, de gran importancia ecológica incluido en el listado de Humedales Ramsar: «Los Humedales y Turberas de Padul». Invito a acercarse a este lugar a través de la mirada de mi amigo Jorge Garzón en el extraordinario portal desarrollado por Andarural, denominado «Miradas de Andalucía», o a través de la Estación Ornitológica de Padul que gestiona el aula taller del parque natural «El Aguadero», bajo la dirección de otro amigo, José Manuel Rivas. A ellos no hace falta explicarles la importancia y atractivo de las áreas húmedas ni tampoco sobre la biodiversidad, sobre todo de avifauna, que albergan.»

Para leer más sobre este tema, lee El blog de Ignacio Henares

Humedales
Día Mundial de los Humedales.
Miércoles, 12 Agosto 2009 09:56

Las fuentes

Las fuentes funcionan desde el principio de los asentamientos como un elemento articulador del espacio urbano. Eran necesarias para el consumo humano y para el cuidado de los animales del campo.

Fuente del s. XVII en Bubión, Granada./ Javier Callejas (Archivo GR)
Fuente del s. XVII en Bubión, Granada./ Javier Callejas (Archivo GR)

Debían estar cerca de la vivienda y relacionadas con la misma por un camino no muy empinado.

Han variado poco de lugar pero su función ha cambiado mucho al no ser necesario transportar el agua hasta las casas ni utilizarlo de abrevadero.

Fuente en Ferreirola, Granada./ Javier Callejas (Archivo GR)
Fuente en Ferreirola, Granada./ Javier Callejas (Archivo GR)

Actualmente, son elementos cualificadotes del espacio público, por su alto valor etnológico y ambiental.

Fuente en Fondón, Almeria./ Javier Callejas (Archivo GR)
Fuente en Fondón, Almeria./ Javier Callejas (Archivo GR)
Publicado en La Ciudad Comprometida
Viernes, 24 Julio 2009 08:27

La recuperación de las acequias

Por Sandra Álvarez Muñoz. Geógrafa ambientalista

Como venas para el cuerpo humano, son las acequias para La Alpujarra: transportan la vida a todas sus extremidades. Sin riego, sin venas, sin acequias, no hay vida. Y sin embargo, probablemente, las acequias han sido uno de los elementos patrimoniales más agredidos, menos respetados, cercenando con ello una parte de la vida de la Alpujarra, quitándole el riego a buena parte de su cuerpo.

Durante mucho tiempo, casi todos creyeron que, entubándolas, hacían lo mejor, asegurando que todo el agua, ese bien preciado y escaso, llegaba al final del camino, sin perder una sola gota en el viaje. En esta batalla por dominar el agua, por entubar la acequia, podías encontrar guerreros vestidos de alcaldes, soldados vestidos de comunidad de regantes, persiguiendo sin tregua la optimización de hasta la última gota, como paradigma de la modernización agraria. Pero en el fragor de la batalla, casi nadie tuvo en cuenta que, en realidad, el viaje era parte del fin propio de la acequia; que el paso del agua, rozando la tierra, era el paso de la vida y que, en definitiva, quinientos años de cultura agraria no podían estar tan equivocados…

Echando la vista atrás (quizás no tan atrás), recuerdo como nos decían desde la propia Administración, subvención en mano, que quienes defendíamos el sistema agrícola tradicional éramos unos bárbaros, dilapidando riqueza hídrica regando a manta, y que, desde luego, el futuro de la agricultura en la Alpujarra pasaba por el entubamiento y el riego por goteo. ¡Como si el declive de la agricultura de montaña, realmente, dependiera de esto!, y no de un proceso económico capitalista, que lleva a la crisis al pequeño productor y que condena al espacio agrícola a depender de la subvención. Y así, persiguiendo la modernidad y, por qué no decirlo, la entelequia del desarrollo, las acequias fueron cayendo una detrás de otra, ora aquí, ora allá. A veces fragmentos, a veces acequias completas… Y, sí, el agua llegaba hasta el final del camino, sin merma. Pero el camino fue desolándose, y el paisaje fue perdiendo retazos de vida, ora aquí, ora allá… ¿No recordáis la colina de Lobrazán, verde, arbolada, repleta de castaños que se erguían como guardianes del agua de su acequia, antes de llegar al acueducto de los Arcos?. Ahora el agua pasa entubada, y no precisa de guardianes en su ribera, así que ya no los hay, apenas, y toda la colina es más amarilla, más frágil a la intemperie y a la erosión.

Tal vez hoy, muchos de aquellos guerreros (y guerreras), prefieran no reconocerse en  ese pasado en el que creían estar a la vanguardia del desarrollo rural, mientras interactuaban, de forma despreocupada, sobre un paisaje que no cesa de ser generoso con la vista y con quién lo ama, respeta y cuida.  Hoy la visión de progreso es la contraria, gracias probablemente al tesón de muchos “pelúos”, hoy reconocidos como parte de movimientos ecologistas y conservacionistas, en los que militan incluso representantes municipales, agricultores y técnicos de la administración. Quedan aún, sin embargo, cruzados de la modernidad anticuada, entubando el agua y poniendo etiquetas, más o menos despectivas, a un modo de ver el territorio, que no es más que salvaguardar lo que tenemos, para que lo disfruten tus hijos, los mios…

Hubo de ponerse “de moda” la agricultura ecológica, y fue necesario que la Consejería de Agricultura desplegara una Dirección General y un CAAE, para que en esta comarca, la productividad del pequeño terruño no fuese cosa solo de hippies y extranjeros, obsesionados por permitir vivir a los pájaros y a los insectos. Las Comunidades de Regantes, a veces muy a su pesar, dejaron de pedir al Parque Nacional subvenciones para entubar acequias. Algunos, más clarividentes, incluso dijeron al propio Parque que no se subvencionasen.

Todos estos “alguienes” que actuaban en silencio, gente comprometida, es a la que se le debe, que hoy se planteen actuaciones para la conservación de las acequias, por su multiplicidad de funciones, ambientales, paisajísticas y de productividad en la estructura agraria. Y de que, cuando se mira una acequia, se mire como un bien, un bien patrimonial, un legado que debe permanecer en el futuro. En este sentido, es prioritaria la labor de la Administración, aunando esfuerzos y destinando recursos para su conservación y mantenimiento. Pero si hay algo necesario, por encima de todo ello, es la presencia de la actividad agrícola. La Alpujarra necesita estar cultivada, y cultivada con respeto a la tradición, para que el paisaje que hoy contemplamos, de paratas, de líneas horizontales por las que discurre la acequia, el contraste de color y vegetación, la variedad de ecosistemas e imágenes de la comarca, no desaparezca. 

Si desapareciera, aunque fuera de forma parcial, se perdería el único motor actual real de la actividad económica de la Alpujarra, el turismo, basado en la contemplación del paisaje y el disfrute y la realización de actividades en la naturaleza. Sólo la pervivencia de este paisaje ha permitido que, hoy, la Alpujarra no sea ya un auténtico desierto demográfico. Y el paisaje tiene dos protagonistas, únicos e insustituibles: el agricultor y las acequias. Uno sin otro no son más que testimonios insostenibles en el tiempo. Sin agricultor no hay acequias, sin acequias no hay paisaje, sin paisaje no hay vida en La Alpujarra.

Entubamiento de la acequia de Nieles./ Archivo GR
Entubamiento de la acequia de Nieles./ Archivo GR