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El GUADIX MAGICO de Torcuato Fandila
El nombre de la ciudad bimilenaria –como poco- de Guadix, primero denominada Acci por los romanos y siglos más tarde Wadi-as por los árabes, viene a significar lo más evocador que conozco… el Río de La Vida. Se trata de una clarísima alusión al maravilloso contraste que existe entre la vega feraz de su río, y los eriales de las cárcavas y de las mesetas que lo circundan. Por eso, el Río de La Vida no se refiere tanto a un lugar o a un emplazamiento concreto como a toda una comarca que, en este caso como es lógico, ha de asociarse con las cuencas primero del Río Guadix, o Verde como también se le llama en clarísima alusión al oasis de su vega, y después del Río Fardes, del cual aquel es tributario.
Pues como decía, las tierras de Guadix, Wadi-as, son mágicas por sus contrastes de color, por el relieve de los montículos de arcilla en entre las llanuras y los valles, o por el fondo escénico que suponen las numerosas montañas que enmarcan a esta tierra, encrucijada de caminos entre las sierras más bellas del Sur: las montañas Béticas de las sierras de Mágina, Baza, Huétor, Cazorla… y sobretodo de Sierra Nevada. Siempre presente. Pero en Wadi-as, también la mano del hombre ha sabido dejar su impronta cultural en numerosas obras de las que bien a modo de vestigios, bien de carácter monumental, bien a través de su arquitectura tradicional, los ejemplos existentes abarcan prácticamente todas las épocas históricas desde hace nada menos que cuatro milenios… ¡Qué te parece! Y además con unos valores, una variedad y un carácter que no pueden sino ser calificados como mágicos… Guadix mágico.
La Ciudad Comprometida quiere difundir una iniciativa singular del artista accitano Torcuato Fandila, fotógrafo inquieto, agitador cultural donde los haya, y con un extenso curriculum donde son tan numerosas las perlas en su historial como su carácter está comprometido con estas tierras de Guadix, que a través de su obra describe con pasión, siempre mostrando nuevos puntos de vista.
Guadix Mágico se trata de una iniciativa de Torcuato Fandila que le ha llevado a visitar doce enclaves mágicos, en las noches de otros tantos martes de este verano, acompañado de un grupo selecto de entusiastas y el maestro de la guitarra española “Juan Carlos Guadix”, mucho más conocido como “El Pincho”.
El resultado de estos conciertos nocturnos se materializará en un calendario para el año 2010 en el que a través de su ojo mágico, quiere mostrarnos la singularidad y la variedad de un patrimonio cultural sobre el que esta comarca debe cimentar la construcción de un nuevo futuro… Una actividad cultural original, monumentos poco conocidos, y nuevas visiones del patrimonio -en Beas de Guadix, Benalúa, Ferreira, Gorafe, o Guadix, por ejemplo- que sin duda ayudarán a difundir este mensaje que reivindica la magia de una tierra.
Por tanto, con todo merecimiento, La Ciudad Comprometida ha seleccionado esta inciativa para la difusión del patrimonio, la cual será ofrecida en primicia en este blog a partir de hoy y durante las próximas semanas.
Arquitectura modulada
La arquitectura tradicional de la Alpujarra-Sierra Nevada presenta un indudable carácter unitario que supone uno de los elementos más característicos de la comarca. Los sistemas constructivos empleados, la fuerte pendiente de las laderas y el alto grado de fragmentación de la propiedad propician una tipología edificatoria que se hace característica por el carácter aditivo de sus volúmenes prismáticos sencillos, constituyéndose esta singular irregularidad en uno de los invariantes arquitectónicos de la zona.
La construcción a base de muros con luces pequeñas en cualquier sentido permite obtener planos de apoyo a la altura justa, con un grado de despiece que se va adaptando a la configuración del terreno. De esta manera, los volúmenes se fragmentan mediante escalonados y cambios de alineación apenas perceptibles, adaptándose a las laderas de fuerte pendiente.
Las cubiertas planas de launa, rematadas por aleros de lajas de pizarra, son el elemento que remata las edificaciones y las dota de la percepción prismática que las caracteriza.
Las parcelas son estrechas y profundas, ocupando la edificación normalmente todo el espacio disponible. Las casas suelen disponer de una sola fachada, en el lado menor, orientada al Sur. Se consigue así aprovechar las escasas ventajas climáticas del lugar. La arquitectura se asoma hacia el valle, el cual se percibe por encima de las cubiertas de las construcciones inferiores. En las fachadas traseras, por contra, predominan los paños ciegos y los muros bajos que permiten ver el paisaje sobre ellos.
Predomina la arquitectura unifamiliar, con un carácter modular y aditivo. Las construcciones se van adaptando mediante la adición de volúmenes que van colmatando los espacios libres en las parcelas según las necesidades familiares.
Se trata de una arquitectura sencilla, lógica, utilitaria y funcional que busca soluciones eficaces y baratas como respuesta a las necesidades de vivienda y a la solución de problemas concretos. No existen pretensiones ornamentales, limitándose éstas al encalado de las casas y a los elementos vegetales que aparecen en las fachadas.
Aún así el resultado es el de una arquitectura tradicional de gran belleza formal, por su perfecta adaptación a un medio muy cualificado paisajísticamente.
Los pueblos se perciben desde las cotas inferiores a los mismos como, un conjunto de volúmenes blancos, de textura rugosa y aleros de piedra. Desde el punto de vista superior se dibujan como un conjunto integrado de paratas de tierra que constituyen las cubiertas de los edificios y que representan una analogía plana del terreno natural.
El espacio público
La trama urbana que configura las poblaciones de la Alpujarra-Sierra Nevada está influenciada por las distintas civilizaciones que han poblado la comarca, fundamentalmente por la influencia de los moriscos y el concepto de “calle” o espacio urbano que ellos tenían, y por el concepto del mismo que tuvieron los repobladores cristianos.
Para los primeros, la calle era un reducto de la construcción de su casa. Apenas hacían una vida de sociedad en estos lugares; de ahí que su configuración aparezca tan tortuosa, con calles o adarves simplemente de paso que, a veces, llegan a privatizarse en gran medida por los usuarios de las viviendas actuales: colgando macetas, dejando fuera los aperos de labranza, e incluso utilizándola como espacio perteneciente a éstas en épocas veraniegas.
A esta trama se contrapone la malla ortogonal, resultante de la reparcelación que se hizo a la llegada de los pobladores cristianos. Para ellos la calle es un espacio público, de relación entre vecinos, es algo más que un simple paso a sus viviendas. De esta época datan las plazas de cada pueblo, donde no falta la iglesia como elemento aglutinador de la vida social y religiosa.
La dinámica de crecimiento de las poblaciones de la Alpujarra, espaciada en el tiempo y sin plan previo que les pueda dar un carácter unitario, ha generado un viario de traza irregular y anchuras variables, que se va adaptando perfectamente al terreno, y que se ve condicionado a su vez por la estructura de la propiedad, ya que va bordeando los límites de ésta.
En las poblaciones situadas a media ladera, las calles, para superar los fuertes desniveles entre las zonas baja y alta de los pueblos, ascienden zigzagueando por la montaña para conseguir que sus pendientes no sean muy fuertes, lo que favorece la disposición aterrazada de las edificaciones. Las conexiones transversales están formadas por callejuelas quebradas que mediante fuertes rampas o escaleras, en algunos casos, salvan el desnivel. Las dimensiones de las calles son reducidas, siendo muy irregulares y angostas, manteniendo su anchura una proporción menor o igual a la altura de las edificaciones colindantes.
En los pueblos situados en las zonas llanas se siguen manteniendo las características generales de la trama, aunque desaparece la disposición predominante de las calles en una dirección al perder importancia los condicionantes topográficos.
Las plazas son en general espacios muy reducidos e irregulares y en muchos casos con diferentes planos de cota definidos por muros y unidos entre sí por rampas y escaleras, que de alguna manera reproducen el sistema de paratas que predomina en los campos de cultivo.
En contraposición a estos espacios públicos resultantes de la abigarrada trama de origen morisco, aparecen otros más amplios y regulares, relacionados generalmente con los edificios más significativos de la trama urbana (iglesias, ayuntamientos, etc…).
El paisaje se convierte en uno de los elementos que cualifican especialmente al espacio urbano, al tener una presencia constante en las calles de estos pueblos. La sierra, los valles, las laderas abancaladas e incluso el mar, se perciben sobre las edificaciones, enmarcados bajo los tinaos, en plazas a modo de mirador, y de manera más intensa en ciertas calles a modo de paseo-mirador que bordean los núcleos.
Del mismo modo, la fuerte relación existente entre el espacio público y las casas es otro de los elementos cualificadores del mismo. Frecuentemente las casas invaden la calle, mediante los tinaos, quedando parcialmente cubierta y percibiéndose el entramado de madera de los forjados, produciéndose una “privatización” del espacio público.


