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BUENAS PRÁCTICAS PAISAJÍSTICAS PARA EL CASTAÑAR DE FERREIRA Y RÍO HONDO
El Valle de Ferreira (Andalucía, España) posee unos indudables valores ecológicos, ambientales y naturales (ya que gran parte de su territorio está incluido en el Espacio Natural Protegido de Sierra Nevada) y patrimoniales como consecuencia de los importantes vestigios arqueológicos existentes, y por constituir un maravilloso paisaje cultural que nos habla con elocuencia de cómo sus gentes siempre han sabido convivir con la naturaleza de una manera sabia, delicada y sostenible.
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Por eso, cuando contemplamos el valle de Ferreira, podríamos decir que toda su riqueza natural, ambiental y cultural queda plasmada en su paisaje, que cuenta con una indudable armonía y belleza, y que posee un alto valor desde el punto de vista territorial, por constituir uno de los ejemplos mejor conservados de los valles de montaña del sur de la península. Y a ello habría que unir el que tiene una alta significación como seña de identidad local, por lo que cuenta con una alta valoración por los ferreireños y los visitantes que llegan al lugar.
Por eso en este valle, más conocido por “El Castañar de Ferreira” o por “Río Hondo”, sientes cómo su paisaje te va susurrando las tradiciones.
Sin embargo, en Ferreira, al igual que ocurre en otros territorios similares, su economía agraria tradicional está en crisis lo que explica en parte la pérdida de población y el abandono consiguiente de muchas de las explotaciones.
Y esa pérdida de la labor agropecuaria se va vislumbrando en el consiguiente arruinamiento de la arquitectura del paisaje rural del valle, de modo que son frecuentes los balates de mampostería caídos y no repuestos, los muros de piedra que cercaban a las fincas parcialmente derruidos, las construcciones agroindustriales (como los molinos) sin uso o en un estado arruinado, albercas anegadas y nacimientos que perdieron su funcionalidad, acequias en desuso y mal cuidadas, o cortijos, ventas y apriscos abandonados a su suerte…
Y de la misma manera, con el esfuerzo abnegado de los lugareños por devolver la vitalidad a estas tierras de labor, también se va produciendo una paulatina transformación en el paisaje local que llega de la mano de nuevas construcciones en las fincas, con fines muchas veces más lúdicos que agrarios, por la renovación de los cercados con criterios más prácticos que estéticos, por nuevos movimientos de tierras y roturaciones propiciados por las nuevas tecnologías y maquinarias, o por la irrupción de otros elementos novedosos…
Este valle tiene la particularidad de contar con muchos puntos óptimos de observación (miradores excepcionales) y con diversos recorridos paisajísticos que permiten observarlo en toda su dimensión y por toda su longitud. Lo cual constituye una cualidad, pero también al ser todo tan visible se traduce en una gran fragilidad y vulnerabilidad paisajística, lo que justifica aún más si cabe la urgencia por establecer unos criterios que, a modo de “buenas prácticas paisajísticas”, regulen todas aquellas actividades que puedan tener algún tipo de incidencia paisajística por afectar a la fisonomía del lugar, a su color o a su textura, por incorporar nuevas construcciones o instalaciones, o por afectar al carácter del paisaje del Valle de Ferreira, a sus singularidades paisajísticas o a alguno de sus elementos de interés más relevantes.
La finalidad de estas buenas prácticas será poder orientar tanto a los vecinos como al propio ayuntamiento para para garantizar que todas las actividades y específicamente las edificaciones agropecuarias se realicen en plena consonancia con la tradición. Y es por ello que el nuevo Plan General de Ordenación Urbanística de Ferreira ha regulado todos estos aspectos dentro de su normativa.
De la misma manera, también se propone que el ayuntamiento y las administraciones públicas realicen actuaciones en positivo para el tratamiento de zonas y sendas de interés paisajístico, con la posible incorporación de elementos informativos que ayuden a interpretar y a valorar el paisaje local.
La calle en la ciudad mediterránea: espacio de relación o lugar de conflicto
Por José Manuel López Osorio. Arquitecto.
Publicado en el Nº 4 de PAISEA, Revista de Paisajismo en Valencia 2008
La calle de la ciudad mediterránea constituye un elemento urbano complejo que transciende la función exclusiva de conectividad que la caracteriza en otros contextos culturales y geográficos. La calle mediterránea posee la capacidad de conformar espacios de relación que, en muchos casos, sustituyen o complementan a la plaza y al paseo urbano, presentándose como un espacio intermedio de relaciones ciudadanas que facilita los procesos de aproximación vecinal. Es también una extensión de la vivienda que, en parte, se apropia de un aparente espacio público para establecer relaciones más ambiguas y crear ámbitos específicos de hibridación entre lo público y lo privado.
La crisis actual de la ciudad contemporánea entendida como soporte de un ente social heterogéneo nos obliga a reflexionar sobre los orígenes de la ciudad como punto de encuentro de diferentes grupos sociales y marco físico de relaciones humanas. El debate sobre la necesaria reconstrucción de la ciudad partiendo de estos parámetros puede encontrar elementos de referencia en el análisis crítico de la ciudad tradicional, donde la calle no sólo se presenta como elemento conector de sectores o barrios de la ciudad sino como espacio para la estancia, el ocio o el comercio.
Es posible concebir la calle como un elemento de carácter preferentemente público que se muestra, a veces, enormemente ambiguo. Bastaría recordar la ocupación en altura del espacio urbano en los pasajes cubiertos de la comarca de la Alpujarra granadina, el carácter restringido del adarve o callejón sin salida de las medinas magrebíes o la relación de la calle con otros lugares habitados (patios de viviendas colectivas, patio de la mezquita, fonduk, etc.) donde lo aparentemente doméstico o cerrado se presenta como espacio susceptible de ser ocupado.
La estructura física de la ciudad tradicional mediterránea muestra rasgos evidentes de sociabilidad que surgieron como respuesta de comunidades históricas necesitadas de establecer vínculos de solidaridad entre su propio grupo sin negar, necesariamente, la relación con el resto de la ciudad. Mecanismos olvidados en las prácticas urbanas que configuraron la ciudad actual donde han desaparecido los lugares de transición y donde se han generado líneas infranqueables entre el dominio de lo público y el paraíso privado. Una nueva manifestación que no hace más que materializar la respuesta de una sociedad que percibe el contacto ciudadano como riesgo social y que considera los espacios intermedios de la ciudad tradicional como lugares de conflicto que es preciso erradicar.
Esta dualidad entre lo público/social y lo privado/doméstico puede ser entendida como conflicto o como complemento, y su adaptación a la ciudad contemporánea puede convertirse en una cualidad u ocasionar su perversión definitiva. Un claro ejemplo sería la apropiación del sentido excluyente del adarve que se realiza en algunas urbanizaciones privadas. Las nuevas fortalezas residenciales utilizan la calle sin salida como mecanismo de protección frente a un entorno supuestamente agresivo y deshumanizado.
La calle constituye el primer estadio de contacto del espacio residencial con la realidad urbana que lo circunda. Un duro contraste si analizamos la evolución de la vivienda en este último siglo que ha ido conformando un carácter cada vez más introvertido. Un proceso que se inicia con la vivienda burguesa y alcanza su máximo desarrollo con la vivienda posmoderna y contemporánea, donde la casa se convierte en un lugar privativo. Este santuario cerrado encuentra, sorprendentemente, algunas similitudes con la vivienda islámica tradicional que nos presenta Fátima Mernissi en su libro “Sueños en el Umbral” (1), narración autobiográfica que nos sitúa a mediados del siglo XX en un harén de la medina de Fez. Un espacio doméstico privado donde el mundo exterior sólo se manifiesta detrás de las dos aberturas de la casa: la puerta, que tras cruzar el umbral nos permite el contacto con la vida ciudadana, y el cuadro de cielo que puede contemplarse desde el interior del patio y al que la autora nos remite como vehículo de los sueños de su infancia.
El carácter cerrado del harén tradicional encontraba, no obstante, el contrapunto necesario en una serie de espacios articulados que la medina ofrecía como mecanismos de relación social y desarrollo de la libertad individual. Es posible que la cultura contemporánea esté generando nuevos harenes de exclusión no sólo dentro del ámbito residencial sino también en los espacios públicos de relación. El control social alienante de la sociedad de la comunicación y su presencia en la vida doméstica a través de la pantalla del televisor o del ordenador personal, se han convertido en nuevos mecanismos que coartan la libertad individual y sólo dejan abiertas pequeñas ventanas que, como en el relato de Mernissi, no hacen más que presentarnos nuevos mundos de ensueño o realidad virtual.
Resulta necesario recuperar y ocupar los espacios intermedios de la ciudad donde la calle constituye el elemento vivo que los articula: los adarves, los pequeños ensanches y plazoletas que se generan en la intersección de la trama y los patios de las viviendas colectivas. Ejemplos de transición entre lo público y lo privado donde la ciudad tradicional es capaz de establecer filtros o diafragmas permeables que regulan el contacto entre el mundo residencial y la vida urbana.
Es posible imaginar una ciudad contemporánea llena de matices que recuperen la escala humana como punto de partida sobre el que implementar nueva vida a la ciudad. La densidad equilibrada de la urbe tradicional puede ser entendida como valor añadido que facilite las relaciones personales considerando que el equilibrio de las partes condiciona el resultado formal de la ciudad. Posiciones que ya han sido incorporadas al debate del urbanismo contemporáneo, alejado de los principios de una planificación urbana rígida y caduca que había menospreciado la compleja relación entre los intereses colectivos y las aspiraciones personales. La ciudad actual sigue siendo un organismo vivo afectado por diferentes tensiones individuales o de grupos sociales minoritarios, cuyos problemas globales deberán ser resueltos desde el conocimiento crítico de lo local.
No se pretende reproducir la estructura física de la ciudad tradicional sino poner énfasis en aspectos intangibles, fruto del valor inmediato de la percepción sensorial, y en la observación subjetiva del paisaje urbano realizada desde la escala intermedia de la calle: un marco cercano al espacio residencial que debe recuperar contenidos de carácter atemporal presentes en la ciudad tradicional y que pueden ser reaprendidos por la ciudad contemporánea para hacerla más habitable.
(1) Sueños en el Umbral: Memorias de una niña del harén (El Aleph Editores, 1996)
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| La calle en la ciudad mediterránea |




