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Jueves, 09 Agosto 2018 06:55

EL VERDADERO VALOR DEL TESTIMONIO

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Justo al empezar este milenio, en febrero de 2000, España perdió a un buen ministro, pero no fue en balde ya que a cambio recibió un bien mucho más preciado y duradero... El valor de su testimonio.

Os hablo de Manuel Pimentel, un joven ministro que por entonces aún no había cumplido los 40 y que ya contaba con un expléndido currículum (varias licenciaturas, doctorado, parlamentario andaluz, secretario de estado...). 

En su Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, en apenas un año, había impregnado a su gestión de gran contenido de humanidad, cercanía y rigor, por lo que se ganó el respeto y el aprecio social y político... algo verdaderamente extraordinario.

Pues resulta que el ministro Manuel Pimentel, el más joven del Gobierno de Aznar, dando un ejemplo de honestidad, presentó su dimisión por las irregularidades cometidas por uno de sus más estrechos colaboradores. Dijo que lo hacía para que "asumir las responsabilidades políticas sea algo más que palabras".

Pero resulta que es apenas tres años después, volvió a actuar con la misma gallardía ya que, a través de un artículo de opinión en la prensa, anunció su baja de su partido del que en aquel momento era secretario general a nivel regional, en desacuerdo con su política ante la guerra de Irak, calificándola de "ilícita" y un "error histórico"... 

Así que ahí tenéis que la principal herencia del paso por la política de ese buen hombre, andaluz por más señas, tuvo que ver con esas lecciones de coherencia, de cordura, de responsabilidad y de desapego al poder.. Una lección que con los años ve acrecentado su valor y su testimonio.

Pero ¿Sabéis por qué os cuento esto? pues porque Manuel Pimentel, hoy editor, escritor y experto en estrategias de resolución de conflictos, presentará a las 20h su libro DOLMEN, muy cerca de donde resido: en el Centro de Interpretación del Megalitismo de GORAFE (Granada, Andalucía).

Y claro, no podía desaprovechar anunciaros que pocas veces podréis estrechar la mano de alguien como él... que lo supo dejar todo para dejarnos su legado como Ciudadano Comprometido.

Y yo os pregunto a cada uno de vosotros: Cuantas veces en el día a día, sea en el ámbito profesional o personal, no perdemos la oportunidad de actuar con verdadera honestidad? 

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Jueves, 14 Septiembre 2017 07:00

¿CIUDADANOS AL VOLANTE?

Ayer en la tarde, mientras que me dirigía en taxi hacia el aeropuerto “El Dorado” de Bogotá –por cierto, magnífico, y creo que un día de estos os hablaré de él…- recuerdo que iba casi despavorido… ¡Jajajaj! Ahora me río, pero ayer…. Los taxis en esta ciudad son en general unos vehículos amarillos muy pequeños, sin maletero, y en los que el pasajero se suele sentar atrás, salvo que lleves maletas grandes, lo que era mi caso. Por lo que tuve que alojar mi equipaje en los asientos traseros y yo me acomodé junto al conductor, con lo que no pude evitar captar la atención sobre el arte de conducir que allí impera e ir pendiente del denso tráfico que a esa hora bullía de aquí para allá… Y, claro, ya mis ojos, abiertos como platos, no se perdían detalle de aquella lucha sin cuartel, en la que por doquier salían toda clase de vehículos compitiendo por medio metro… y con una intrepidez no apta para mentes educadas en el código de circulación y en la cortesía al volante.
No sé si habéis visitado alguna ciudad latinoamericana, pero allí –y Bogotá no es una excepción- al conducir no existen normas ni códigos que valgan, y solo impera la ley del más espabilado, incluso ni siquiera del más grande ya que el más sagaz o descarado se cuela y pasa antes… la pillería es la que manda y nada de aquello de pase usted primero, o tiene usted preferencia, o me incorporo al carril derecho para que el tráfico fluya, o pongo los intermitentes para girar,… ¡Jajajajj ¡Vaya la que pasé! Fueron 50’ que me recordaron a cuando este verano en Madrid fui a un parque de atracciones con mis hijos pequeños y me di un buen tute de montañas rusas y de emociones… ¡Jajajaja!
Y en estas estaba, cuando mi educado conductor (realmente lo era, me trataba con respeto y con suma deferencia) que también hacía de las suyas con el volante, me miró a la cara, con media sonrisa, a mi palidez le contestó: “Aquí hay que conducir con el ánimo tranquilo”, queriendo decir que si bien al conducir podía ser tan bárbaro como los dema´s, sin embargo aquello era una lucha limpia y el único truco era no sulfurarse… no gritar, aceptar las pillerías de los demás, al igual que los demás aceptaban las tuyas…
Es decir: Nada de enfadarse, ni de subir tus pulsaciones… piano, piano… con la tranquilidad…
Ahora voy a casa, a España, donde actuamos justo al revés: conducimos en general con educación y con el código de circulación por montera… pero… ¡Ay, si alguien me adelanta por la derecha! ¡Jajajajaj! Le hincho a voces o a pitidos…
¡En fin¡ Necesitamos de códigos de convivencia y necesitamos cumplirlos… lo de Bogotá, es una manera simpática (y emocionante) de resolver la informalidad y la falta de civismo… pero la construcción de mejores ciudades en las que vivir requiere también de la construcción de mejores ciudadanos… esto es, de ciudadanía…

Abrazos inmensos desde Madrid, adonde acabo de llegar!

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