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La arquitectura en su entorno
Por Rocío Martín Bautista. Estudiante de Arquitectura
Pensar en La Alpujarra, es pensar en una forma de hacer arquitectura, de hacer paisaje, donde con pocos elementos tienen la capacidad de crear un espacio enriquecedor. Y no es la repetición de estos lo que cualifica estos espacios, sino el modo en cómo son utilizados, no se trata de la imposición de un modo de asentamiento en un lugar, sino de la búsqueda de un sistema que se adecue al territorio que lo rodea, que cumpla con las necesidades del hombre y se acomode a las características del paisaje.
Recorrer estos pequeños núcleos urbanos creados por el hombre apoyándose en los elementos que ya posee el sitio, constituye toda una experiencia. Todo parece haber sido pensado en virtud del entorno y en virtud del paisaje que se crea: un muro lo suficientemente bajo para poder asomarnos al lugar, las estrechas calles que enmarcan el entorno como si de una fotografía se tratase, un hueco que traslada la vida doméstica a la calle, las chimeneas como pequeños hitos que salpican el paisaje, y esa capacidad de lo construido de adecuarse a lo existente que hacen que cada elemento a pesar de repetirse una y otra vez (la cubierta de launa, la chimenea, el tinao, …) sea diferente al anterior y nos aporte una nueva sensación, una nueva mirada, una nueva impresión. Parece como si cada pequeña pieza encajase en el lugar que le corresponde al servicio del conjunto que le rodea, y la suma, una a una, buscando la armonía con la anterior y con el lugar en el que se asienta, parece ser la fórmula del equilibrio entre el entorno y la arquitectura, y todo ello sin perder el carácter funcional para el que fue pensado y construido cada elemento, cada pieza.
Es posible en La Alpujarra contemplar el paisaje desde el entorno urbano, y es posible lo contrario, contemplar el entorno urbano desde el paisaje. Se crean perfectas transiciones entre el entorno, el espacio público y lo construido, porque ha sido necesario entender primero el espacio en el que el hombre se asentaba para luego dar respuesta a sus necesidades, y así paisaje urbano y paisaje natural conviven en sintonía.
Parece que hemos olvidado esta forma de crear ciudad, crear elementos que cualifiquen el entorno y se asienten desde el respeto al sitio que es ocupado. La ciudad de hoy no está pensada para ser recorrida, mirada, vivida, … secuencia de piezas para ser habitadas en su espacio interior, donde no se cualifica el espacio exterior, el espacio público, el entorno, porque hemos obviado tener presentes las cualidades que éste nos aporta.
Transformaciones
Por Ana Belén Herruzo García. Arquitecta
Parece que el hombre desde siempre ha actuado en su medio de una forma diferente a la mayoría de los animales. Se ha creado casi la necesidad de modificar su entorno para “facilitar” su vida. Desde los primeros instrumentos como lanzas, hachas, martillos, palancas, hasta las más modernas herramientas como los ordenadores, han sido creados por éste con el mismo fin. La consecuencia directa de la actividad del hombre es la modificación del medio que le rodea. Este proceso, en el que no vamos a entrar en mayores detalles, fue dando lugar a lo largo del tiempo a un desarrollo muy complicado de interconexión entre el hombre (sus necesidades) y su entorno (el medio físico). No podemos olvidar esta pequeña reflexión a la hora de plantearnos qué entendemos por medio rural y qué entendemos por medio urbano. Si bien la primera idea que tenemos de cada una, es que una se traduce a ciudad y la otra como el resto o medio natural, debemos ahondar en cual es el fondo y el sentido de tales afirmaciones a priori tan sencillas.
Continuando con la primera reflexión, parece, en primer lugar, que cuando hablamos tanto de urbano como de rural, asociamos el uso de un suelo con una actividad humana, esto es, una forma de interconexión entre el hombre y su entorno acorde con las necesidades demandadas por el mismo. Claro está, que en nuestros tiempos cabe introducir gran cantidad de matizaciones introducidas precisamente por la gran capacidad de los nuevos “instrumentos” con que se cuentan para llevar a cabo esta tarea, como puede ser la deslocalización de los usos y la globalización de los medios. Lo rural queda asociado a una actividad que obtiene directamente del suelo lo que necesita, como puede ser la ganadería, la agricultura, la minería… Lo urbano queda asociado a procesos secundarios, y terciarios, con todas las actividades que generan los mismos: industrias, servicios,… por lo que podemos entender queda vinculado a la manipulación de los recursos obtenidos en el medio rural, y los servicios creados como consecuencia de este proceso. Sin embargo, este no es más que un proceso que puede repetirse indefinidamente, y en este paso no hacemos distinción entre lo urbano y lo “ultraurbano”. Esto nos hace pensar en si realmente se puede diferenciar entre urbano y rural cuando parece que uno es la extensión del otro.
Entonces, ¿qué es lo que entendemos que diferencia lo urbano de lo rural, si como parece en el fondo son quizás diferentes aspectos de un mismo concepto? ¿Existe pues una continuidad entre lo urbano y lo rural? ¿O hay realmente un borde bien definido que permite diferenciarlos? Incluso físicamente, las ciudades conforme nos alejamos de su centro no aparecen y desaparecen drásticamente, sino que se van difuminando con el territorio…
El espacio vivido, el espacio sentido
Por Charo Pérez Oramas. Arquitecta
Cuando un arquitecto acomete un proyecto, ineludiblemente debe de pasar por el espacio, ya sea porque se entiende como soporte físico de la actuación donde técnicamente hay que desarrollar unos estudios geotécnicos para cimentar, o porque la topografía obliga a un diseño concreto de la edificación futura, o simplemente porque ese espacio será vivido y utilizado por personas, poniéndose de manifiesto un claro carácter social.
Con esto se quiere dejar de manifiesto que el espacio es algo que viene dado, que se impone de manera casi innata en la concepción de un nuevo proyecto, sin que el arquitecto se atreva concebirlo como algo que pueda trasformar. Esta situación puede venir motivada porque se carece de herramientas o incluso de formación para desarrollar trabajos de esta índole, o más grave aún, porque no existe interés para su diseño y concepción, o al menos no tanto como conlleva un proyecto arquitectónico.
Esta última idea ha motivado que el espacio público se vaya convirtiendo poco a poco en algo residual tanto desde su diseño como desde su localización en las ciudades. Acometiendo esta idea desde distintas escalas, ya desde el planeamiento urbano de nuestras ciudades definimos como espacios libres aquellos que no resultan del todo aptos para albergar edificación, aquellos que se ubican en bordes de carreteras, aquellos con formas imposibles y que normalmente aparecen como “residuo” después de encajar todo aquello que hace funcionar la ciudad. Son pocas las veces en que un urbanista concibe la ciudad desde el espacio libre público, pudiendo ser este tema objeto de otro debate. Lo mismo ocurre si bajamos de escala y nos referimos a la ordenación de un sector de la ciudad, donde tras implantar la edificación y dedicarle todo el esfuerzo, el diseño del espacio libre queda mermado, tanto porque se ubica en las zonas restantes como porque su diseño se acomete desde el punto de vista de complemento de la edificación, no desde sí mismo.
El espacio público no puede ser tratado como residuo, es más, el arquitecto debe ser valiente y hacerse con él para que su trabajo pase también por, además de crear edificios, por crear espacios. Esto obligaría a concebir las ciudades desde otro punto de vista donde el espacio público además de servir de soporte físico se convierta en espacio arquitectónico con un diseño propio capaz de generar en el ciudadano sensaciones que hasta el momento sólo habían quedado reservadas para las grandes obras de edificación.
El espacio público
La trama urbana que configura las poblaciones de la Alpujarra-Sierra Nevada está influenciada por las distintas civilizaciones que han poblado la comarca, fundamentalmente por la influencia de los moriscos y el concepto de “calle” o espacio urbano que ellos tenían, y por el concepto del mismo que tuvieron los repobladores cristianos.
Para los primeros, la calle era un reducto de la construcción de su casa. Apenas hacían una vida de sociedad en estos lugares; de ahí que su configuración aparezca tan tortuosa, con calles o adarves simplemente de paso que, a veces, llegan a privatizarse en gran medida por los usuarios de las viviendas actuales: colgando macetas, dejando fuera los aperos de labranza, e incluso utilizándola como espacio perteneciente a éstas en épocas veraniegas.
A esta trama se contrapone la malla ortogonal, resultante de la reparcelación que se hizo a la llegada de los pobladores cristianos. Para ellos la calle es un espacio público, de relación entre vecinos, es algo más que un simple paso a sus viviendas. De esta época datan las plazas de cada pueblo, donde no falta la iglesia como elemento aglutinador de la vida social y religiosa.
La dinámica de crecimiento de las poblaciones de la Alpujarra, espaciada en el tiempo y sin plan previo que les pueda dar un carácter unitario, ha generado un viario de traza irregular y anchuras variables, que se va adaptando perfectamente al terreno, y que se ve condicionado a su vez por la estructura de la propiedad, ya que va bordeando los límites de ésta.
En las poblaciones situadas a media ladera, las calles, para superar los fuertes desniveles entre las zonas baja y alta de los pueblos, ascienden zigzagueando por la montaña para conseguir que sus pendientes no sean muy fuertes, lo que favorece la disposición aterrazada de las edificaciones. Las conexiones transversales están formadas por callejuelas quebradas que mediante fuertes rampas o escaleras, en algunos casos, salvan el desnivel. Las dimensiones de las calles son reducidas, siendo muy irregulares y angostas, manteniendo su anchura una proporción menor o igual a la altura de las edificaciones colindantes.
En los pueblos situados en las zonas llanas se siguen manteniendo las características generales de la trama, aunque desaparece la disposición predominante de las calles en una dirección al perder importancia los condicionantes topográficos.
Las plazas son en general espacios muy reducidos e irregulares y en muchos casos con diferentes planos de cota definidos por muros y unidos entre sí por rampas y escaleras, que de alguna manera reproducen el sistema de paratas que predomina en los campos de cultivo.
En contraposición a estos espacios públicos resultantes de la abigarrada trama de origen morisco, aparecen otros más amplios y regulares, relacionados generalmente con los edificios más significativos de la trama urbana (iglesias, ayuntamientos, etc…).
El paisaje se convierte en uno de los elementos que cualifican especialmente al espacio urbano, al tener una presencia constante en las calles de estos pueblos. La sierra, los valles, las laderas abancaladas e incluso el mar, se perciben sobre las edificaciones, enmarcados bajo los tinaos, en plazas a modo de mirador, y de manera más intensa en ciertas calles a modo de paseo-mirador que bordean los núcleos.
Del mismo modo, la fuerte relación existente entre el espacio público y las casas es otro de los elementos cualificadores del mismo. Frecuentemente las casas invaden la calle, mediante los tinaos, quedando parcialmente cubierta y percibiéndose el entramado de madera de los forjados, produciéndose una “privatización” del espacio público.
Una imagen paisajística
Por Almudena García Mezcua. Arquitecta
El crecimiento de los núcleos urbanos de la Alpujarra supuso una evolución de las zonas de cultivo asociadas a ellos. Así los bancales se fueron rodeando de edificaciones hasta convertirse en huertos urbanos. De ahí la clara presencia de estos espacios tan interesantes desde el punto de vista paisajístico, ya que forman parte de la imagen de un pueblo blanco con viviendas de pequeña altura, con sus “terraos” de launa y sus chimeneas, en la que sólo sobresale la iglesia, y entre medio de todo eso aparecen los árboles de los huertos, proporcionando una nota de color y viveza.
Esta imagen tan valorada, desde no hace mucho tiempo, es la que se pretende preservar. Se han protegido tanto los bienes de carácter minero-industrial, caminos y escarihuelas, yacimientos arqueológicos, acequias, núcleos de población y zonas de cultivo asociadas, bienes mixtos y torres eclesiásticas.
Unas de las determinaciones más importantes para proteger las zonas de cultivo son la prohibición de introducir invernaderos, de esta forma se intenta fomentar la forma de cultivo tradicional; la impulsión de medidas económicas para apoyar el mantenimiento de sus elementos constructivos, como pueden ser los balates, paratas y muros. Las nuevas actuaciones deben preservar las vistas paisajísticas cualificadotas del núcleo urbano.
Estas actuaciones de protección no sólo se dan en la Alpujarra; en el Albaicín ocurre una situación similar. Se protegen las edificaciones, los jardines, las calles, las iglesias,… Todo ello preserva la imagen de un conjunto que esta valorado como se merece. Pero hay que preguntarse si estas medidas deberían extenderse a otros territorios para preservar sus valías.
El paisaje de referencia como modelo de desarrollo
Por Mathieu Lèbre. Arquitecto paisajista
Hoy en día no hay duda de que Las Alpujarras son un ejemplo e incluso un manifiesto de la justa integración del hombre en el territorio, con respeto y humildad. La búsqueda de las soluciones más sencillas, adaptándose al medio y sacando provecho de los hechos naturales, ha conferido a este paisaje una singular belleza reconocida por diferentes figuras de protección tanto a nivel ambiental como cultural.
Pero lo más interesante del paisaje de Las Alpujarras es que nos abre los ojos sobre otras maneras de interactuar con el territorio de forma general. Las ciudades actuales han olvidado la importancia de tomar en cuenta los valores de lo “existente” a la hora de crecer, de evolucionar o de remodelarse. En estos últimos años se ha apostado por modelos de ciudades donde lo más importante eran preocupaciones a corto plazo: rendimiento económico, especulación inmobiliaria… La llegada de la crisis actual en gran parte debida a la burbuja inmobiliaria pone en duda todo el modelo de desarrollo, ya que desvela la insostenibilidad de este sistema tanto a nivel económico, como ambiental y social.
Cada vez se valorizan más los elementos patrimoniales de nuestro entorno, y de hecho, el paisaje se ha empezado a considerar también desde el punto de vista de su conservación como elemento patrimonial. Rompiendo con esta percepción, el Convenio Europeo del Paisaje (Florencia 2000) define el paisaje como “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”. Por lo tanto, el paisaje ya no es solo un elemento patrimonial a preservar, sino también un reflejo de las relaciones del ser humano con el territorio. Esto implica que cualquier lugar es un paisaje, y entonces cualquier lugar tiene un carácter propio, así como valores y conflictos de orden paisajísticos que hay que tomar en cuenta en cualquier acción humana emprendida sobre ello.
Un lugar tan emblemático como Las Alpujarras pone en evidencia la importancia de la consideración del paisaje en el desarrollo y la ocupación del suelo por los seres humanos. Precisamente los lugares donde el paisaje se valora por su interés patrimonial son los que deben servir de modelo. Es fundamental sacar, de las lecciones que nos dan estos lugares, las herramientas para extrapolar este modelo de desarrollo a cualquier otro lugar del mundo:
– Donde siempre hay sentimientos, sensaciones, y aspiraciones… elementos de la dimensión social del paisaje.
– Donde siempre hay un suelo con sus condiciones particulares, unas pendientes por las que corre el agua…elementos de la dimensión territorial y ambiental del paisaje.
– Donde siempre hay huellas, restos de la actividad humana pasada… elementos de la dimensión cultural del paisaje.
– Donde siempre hay orientaciones, espacios interrelacionados y conexiones… elementos de la dimensión perceptiva del paisaje.
– Donde siempre hay un proyectista, y personas queriendo mejorar o modificar el lugar… elementos de la dimensión proyectual y urbanística del paisaje.
El paisaje esta en continuo movimiento, en continua evolución… se trata de un proceso en el que el hombre es solo uno de los actores. Por eso todo lo que proyectamos sobre el territorio para acomodarlo a nuestras necesidades debe tomar en cuenta todas esas dimensiones del paisaje. No solamente porque haya que preservar o proteger algunos lugares excepcionales como Las Alpujarras, pero sencillamente porque estamos aquí de paso y que cualquiera de nuestros actos puede tener una repercusión durante años sobre nuestro entorno. Habrá que seguir mirando y leyendo el paisaje para entender como algunas veces se ha conseguido una cierta armonía, y aprender de estas experiencias para mejorar nuestro futuro…
Granada, ¿Patrimonio de la Humanidad?
En Granada desde siempre hemos hecho demasiadas cosas sin un suficiente debate previo… Y eso suele suponer o bien un daño irreparable, o bien algún tipo de abuso. Y ahí esta como ejemplo lamentable nuestra ciudad histórica, malherida y apenas reconocible en una de sus cuestiones esenciales: su relación con la Vega y con el paisaje.
Recientemente, en un estupendo encuentro organizado por el Colegio de Arquitectos, Pedro Salmerón nos recordaba como Granada no ha sabido conservar la escala de la ciudad histórica y la de sus hitos urbanos con el territorio, de tal modo que el Urbanismo del siglo XX, y el actual, han roto de manera irreversible esa relación mágica que hizo famosa a nuestra ciudad… ahora oculta tras moles de cemento. Sin embargo otras ciudades y otros territorios lo supieron entender antes y mejor que nosotros, y es a ellas a las que debemos mirar (Florencia por ejemplo) en lugar de a nuestro ombligo: un ombligo granadino.
Y paradójicamente también podemos aprender de la actitud comprometida de La Alhambra, que ha sabido gestionar con inteligencia su territorio y su paisaje, en donde la recuperación de las huertas del Generalife (detenidas en el tiempo) constituye un maravilloso ejemplo de gestión patrimonial…
Paradojas de la vida: somos capaces de lo mejor y de lo peor…
Ahora hay sobre la mesa dos debates de alta trascendencia: uno, el de la Vega de Granada, en el que es previsible un suponga un intenso debate que nos permitirá adoptar buenas decisiones que den continuidad a las políticas comprometidas del POTAUG… rodó otro, el de las grandes infraestructuras que se proyectan en el Valle del Río Darro – Ronda Este, Presa – cuya incidencia (o no) sobre la ultima zona mágica de Granada puede ser decisiva. Granada aun puede aspirar a ser ciudad patrimonio de la humanidad. Granada aun puede mostrar el camino al resto de la humanidad sobre las políticas activas de protección del paisaje cultural. Sin que ello suponga renunciar al progreso, ¡ni mucho menos!
Lo dicho, mas debate responsable y previo a las decisiones irreversibles.
Paisaje y hábitat
El paisaje constituye, sin duda, uno de los elementos más significativos de la Alpujarra – Sierra Nevada. El paisaje de éste ámbito se caracteriza por la intensa humanización y el equilibrio que tradicionalmente ha existido entre el aprovechamiento del medio y la conservación de los recursos ambientales existentes. De esta simbiosis surge un ámbito peculiar, donde tanto valor e interés tienen los núcleos de población como el propio medio natural en el que se inscriben.
Se trata de un área montañosa en la que incluso se localizan las mayores cumbres de la península Ibérica, extendiéndose las comarcas alpujarreña y del alto río Nacimiento, respectivamente, por las vertientes meridionales y septentrionales de Sierra Nevada. Un amplio espacio situado entre las provincias de Almería y Granada, relativamente aislado del exterior por la escasez de comunicaciones, pero aún más recóndito internamente debido a la compartimentación a la que obliga la complejidad del relieve.
El hecho montañoso es, sin duda, la condición geográfica más determinante del área, lo que ha conllevado, entre otros múltiples efectos, el arraigo de una cultura tradicional, el refugio de unos modos de vida ancestrales y de unas formas de hábitat (asentamientos) y habitación (construcciones) singulares.
Se expresa en ésta una sola realidad paisajística que la hace perfectamente identificable respecto a otros espacios. Pero, a la vez, posee tal diversidad interna que se la puede considerar como un extenso mosaico de muy diferentes formas, tamaños y colores.
Este mosaico se traduce en elementos tan diversos como las altas lomas cubiertas por verdes masas forestales, pastizales y cultivos hasta las vegas que se encajan en los fondos del valle, pasando por los aterrazamientos de ladera construidos por paratas de piedra y salvaguardados con árboles en los linderos y las mollares laderas cubiertas de almendros y vides.
Esta diversidad de paisaje y los matices que surgen por cada rincón suponen una vivencia de sensaciones visuales, auditivas y aromáticas únicas.
Los núcleos tradicionales de la comarca, constituyen una de sus más importantes manifestaciones culturales y representan una perfecta muestra de equilibrio entre el asentamiento humano y la naturaleza. Además, juegan un papel integrador que conforma el territorio y el paisaje, manteniendo sus características y convirtiéndose en las señas de identidad comarcal.
La arquitectura tradicional presenta un indudable carácter unitario siendo quizás el más evidente de los distintivos de la comarca. A ello contribuye la belleza de las construcciones, pues en ellas se combinan magistralmente la asimetría de sus volúmenes con el equilibrio en sus medidas y proporciones.
La casa popular es parte integrante del paisaje en un buen ejemplo de armonía con la naturaleza. Los materiales presentes en el entorno son los elementos básicos para su construcción, adoptando una estructura a base de formas cúbicas. Las edificaciones, caracterizadas por sus techos o terraos cubiertos de launa, se encaraman sobre los barrancos y laderas creando conjuntos urbanos que se despliegan como mantos blancos que contrastan sobre la montaña.
De manera recíproca, el paisaje natural se convierte en protagonista en la escena urbana de los núcleos, manifestándose desde los miradores, paseos-mirador, por encima de las edificaciones o enmarcado por las mismas, cualificando de esta manera los recorridos urbanos y convirtiéndose en un valor añadido al indudable interés ambiental de los pueblos de la comarca.
La recuperación de las acequias
Por Sandra Álvarez Muñoz. Geógrafa ambientalista
Como venas para el cuerpo humano, son las acequias para La Alpujarra: transportan la vida a todas sus extremidades. Sin riego, sin venas, sin acequias, no hay vida. Y sin embargo, probablemente, las acequias han sido uno de los elementos patrimoniales más agredidos, menos respetados, cercenando con ello una parte de la vida de la Alpujarra, quitándole el riego a buena parte de su cuerpo.
Durante mucho tiempo, casi todos creyeron que, entubándolas, hacían lo mejor, asegurando que todo el agua, ese bien preciado y escaso, llegaba al final del camino, sin perder una sola gota en el viaje. En esta batalla por dominar el agua, por entubar la acequia, podías encontrar guerreros vestidos de alcaldes, soldados vestidos de comunidad de regantes, persiguiendo sin tregua la optimización de hasta la última gota, como paradigma de la modernización agraria. Pero en el fragor de la batalla, casi nadie tuvo en cuenta que, en realidad, el viaje era parte del fin propio de la acequia; que el paso del agua, rozando la tierra, era el paso de la vida y que, en definitiva, quinientos años de cultura agraria no podían estar tan equivocados…
Echando la vista atrás (quizás no tan atrás), recuerdo como nos decían desde la propia Administración, subvención en mano, que quienes defendíamos el sistema agrícola tradicional éramos unos bárbaros, dilapidando riqueza hídrica regando a manta, y que, desde luego, el futuro de la agricultura en la Alpujarra pasaba por el entubamiento y el riego por goteo. ¡Como si el declive de la agricultura de montaña, realmente, dependiera de esto!, y no de un proceso económico capitalista, que lleva a la crisis al pequeño productor y que condena al espacio agrícola a depender de la subvención. Y así, persiguiendo la modernidad y, por qué no decirlo, la entelequia del desarrollo, las acequias fueron cayendo una detrás de otra, ora aquí, ora allá. A veces fragmentos, a veces acequias completas… Y, sí, el agua llegaba hasta el final del camino, sin merma. Pero el camino fue desolándose, y el paisaje fue perdiendo retazos de vida, ora aquí, ora allá… ¿No recordáis la colina de Lobrazán, verde, arbolada, repleta de castaños que se erguían como guardianes del agua de su acequia, antes de llegar al acueducto de los Arcos?. Ahora el agua pasa entubada, y no precisa de guardianes en su ribera, así que ya no los hay, apenas, y toda la colina es más amarilla, más frágil a la intemperie y a la erosión.
Tal vez hoy, muchos de aquellos guerreros (y guerreras), prefieran no reconocerse en ese pasado en el que creían estar a la vanguardia del desarrollo rural, mientras interactuaban, de forma despreocupada, sobre un paisaje que no cesa de ser generoso con la vista y con quién lo ama, respeta y cuida. Hoy la visión de progreso es la contraria, gracias probablemente al tesón de muchos “pelúos”, hoy reconocidos como parte de movimientos ecologistas y conservacionistas, en los que militan incluso representantes municipales, agricultores y técnicos de la administración. Quedan aún, sin embargo, cruzados de la modernidad anticuada, entubando el agua y poniendo etiquetas, más o menos despectivas, a un modo de ver el territorio, que no es más que salvaguardar lo que tenemos, para que lo disfruten tus hijos, los mios…
Hubo de ponerse “de moda” la agricultura ecológica, y fue necesario que la Consejería de Agricultura desplegara una Dirección General y un CAAE, para que en esta comarca, la productividad del pequeño terruño no fuese cosa solo de hippies y extranjeros, obsesionados por permitir vivir a los pájaros y a los insectos. Las Comunidades de Regantes, a veces muy a su pesar, dejaron de pedir al Parque Nacional subvenciones para entubar acequias. Algunos, más clarividentes, incluso dijeron al propio Parque que no se subvencionasen.
Todos estos “alguienes” que actuaban en silencio, gente comprometida, es a la que se le debe, que hoy se planteen actuaciones para la conservación de las acequias, por su multiplicidad de funciones, ambientales, paisajísticas y de productividad en la estructura agraria. Y de que, cuando se mira una acequia, se mire como un bien, un bien patrimonial, un legado que debe permanecer en el futuro. En este sentido, es prioritaria la labor de la Administración, aunando esfuerzos y destinando recursos para su conservación y mantenimiento. Pero si hay algo necesario, por encima de todo ello, es la presencia de la actividad agrícola. La Alpujarra necesita estar cultivada, y cultivada con respeto a la tradición, para que el paisaje que hoy contemplamos, de paratas, de líneas horizontales por las que discurre la acequia, el contraste de color y vegetación, la variedad de ecosistemas e imágenes de la comarca, no desaparezca.
Si desapareciera, aunque fuera de forma parcial, se perdería el único motor actual real de la actividad económica de la Alpujarra, el turismo, basado en la contemplación del paisaje y el disfrute y la realización de actividades en la naturaleza. Sólo la pervivencia de este paisaje ha permitido que, hoy, la Alpujarra no sea ya un auténtico desierto demográfico. Y el paisaje tiene dos protagonistas, únicos e insustituibles: el agricultor y las acequias. Uno sin otro no son más que testimonios insostenibles en el tiempo. Sin agricultor no hay acequias, sin acequias no hay paisaje, sin paisaje no hay vida en La Alpujarra.
La aglomeración metropolitana de Granada y el espacio de la Vega: dos realidades territoriales obligadas a coexistir (II)
Por Miguel Ángel Sánchez del Árbol. Geógrafo
En la sumaria relación de hechos anteriormente expuesta, cabe enmarcar el caso de la aglomeración metropolitana granadina, aunque sea parcialmente, no sólo en cuanto a su situación socio-económica, sino en cuanto a su raigambre: sin ser ajena a la cultura europeo-occidental, mantiene rasgos netamente mediterráneos. En esa hibridación se presenta, por un lado, la participación democrática en las decisiones sobre el territorio que afectan a la colectividad, a través de diversos procedimientos y/o instrumentos, como los de planificación urbanística y territorial, así como intervención decisiva de los poderes públicos en asuntos relativos a dotación de equipamientos e infraestructuras, servicios diversos (sanidad, educación, transporte colectivo), medio ambiente, etc.; por otro lado, su poso cultural orientado al buen vivir de resabios dionisíacos, donde a menudo prevalece el culto a la privacidad junto a la dejación de responsabilidades en la construcción del espacio vivido, que el ciudadano pone en manos de representantes políticos y de técnicos en la materia sin ejercer apenas el derecho de participación, a la vez que se digiere con poco criterio todo tipo de influencia externa o ajena a la cultura vernácula, que se traduce en un innumerable elenco de despropósitos urbanísticos y constructivos, que han desvirtuado profundamente el paisaje urbano y periurbano. A todo ello habría que añadir la frecuente relativa escasez de recursos económicos, cuando no su ineficaz gestión, que afecta a muchos de los agentes territoriales, tanto privados como públicos, lo que supone con frecuencia improvisación en las decisiones, postergación sine die de problemas, excesiva perentoriedad en las soluciones y, en el caso específico de la intervención pública, desajuste entre demandas y ofertas sociales, siendo frecuente el déficit de infraestructuras y equipamientos.
Pero a todos estos y otros procesos generales, aplicables en mayor o menor medida al caso específico de la aglomeración metropolitana de Granada y, más concretamente, la implantación de gran parte de la misma sobre el espacio de regadío, hay que añadir sus propias, y en gran medida irrepetibles, circunstancias y peculiaridades, que permiten poner de manifiesto que los despropósitos producidos en su proceso de expansión urbana tienen una repercusión excesiva para el verdadero alcance de su crecimiento demográfico y desarrollo económico. Ello es palpable al revelar la severa incidencia de la expansión urbanística sobre un espacio especialmente sensible cultural, medioambiental y paisajísticamente, como es el de la Vega de Granada. Resulta innegable su rico acervo histórico y cultural desde, al menos, la ocupación romana, que alcanza su máximo esplendor en el período nazarí bajo ocupación andalusí, así como otro momento señero a finales del siglo XIX y primer tercio del XX con el significativo proceso de agro–industrialización (red de tranvías, fábricas azucareras, remodelación urbana, etc.), que han dotado este espacio de entramados característicos muy significativos: profusas redes de caminos y de acequias, parcelación diferenciada por períodos y ciclos, presencia de abundantes construcciones vinculadas a la producción agraria (cortijos y alquerías, molinos y secaderos de tabaco, fábricas azucareras), conservación de ribazos y sotos, etc., todo ello orgánicamente distribuido sobre unas fértiles tierras gracias a un multisecular proceso de formación de suelos (entarquinamientos, irrigación, etc.) por parte de numerosas generaciones de agricultores. En definitiva, un paisaje llamativo, rico en matices y, hasta hace pocos lustros, constitutivo de una perfecta síntesis entre el medio y la cultura, entre la naturaleza y la acción humana multisecular.


